Me pasa mi amigo José Sáez una carta del Obispo de Tánger sobre los ataques del laicismo a la Iglesia, que la acusa de pederastia. Me ha parecido muy acertada, y por eso la comparto:
“En medio” colocaron a la adúltera sus acusadores. “En medio” se quedó la mujer cuando los acusadores, uno a uno, se escabulleron, dejándola sola con Jesús. “En medio” pusieron a la mujer, pero a quien pretendían comprometer y acusar, a quien de verdad querían poner en medio, era a Jesús (Cfr. Jn 8,1-11).
Hoy, letrados y fariseos han colocado “en medio” al monstruo, al clérigo sorprendido en flagrante delito de pederastia, y no lo han llevado al tribunal competente para juzgarlo conforme a justicia, sino que se lo han llevado a su madre, a la Iglesia, lo han tirado como basura a sus pies, para ponerla “en medio” a ella, para avergonzarla a ella, para comprometerla y condenarla a ella.
Letrados y fariseos, gente estéril, senos que nunca han conocido la vida ni la ternura, pretenden que una madre condene a su hijo: si no lo condena, no es justa; si lo condena, no es madre.
Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: “Tú, ¿qué dices?” Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo pregunta a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo, ha intentado siempre educar en el amor y en la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración.
Hoy la Iglesia, como ayer Jesús, encara a los acusadores con la realidad de sus propias vidas: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra”.
Hoy como ayer, la Iglesia como Jesús, habrá de inclinarse para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos. Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida.
Un mes antes, el 15 de febrero, Jaime Mayor Oreja había pronunciado una conferencia sobre el relativismo en Murcia. Clarividente, había anunciado:
Decir la verdad muchas veces es agotador, cansado, a veces difícilmente soportable y, en muchos casos, te lleva a ponerte en el punto de mira de quienes quieren imponer sus falsas verdades sobre cualquier voz discrepante. Pero decir siempre la verdad es un calvario, aunque también la única manera de hacer frente a esos mismos que tanto desearían nuestro silencio.
A la hora de afrontar cualquier problema, cualquier dilema o cualquier realidad, es imprescindible llevar a cabo, como punto de partida, un correcto diagnóstico de la cuestión que queremos afrontar. Ninguna conclusión, ninguna propuesta, ninguna reacción será acertada si no se toma a partir de un diagnóstico profundo y correcto de la realidad. Y esta afirmación es igualmente válida si afrontamos un problema, una realidad, desde el punto de vista del político, del filósofo, del sociólogo o del académico.
La Historia nos ha enseñado que el mayor error que puedan haber cometido en el pasado y que podamos seguir cometiendo quienes, de una u otra manera, tenemos responsabilidades públicas radica siempre en no saber comprender la realidad del momento histórico en el que se vive.
En ese sentido, nuestro mayor adversario es, a menudo, nuestra propia incapacidad de superar la visión del día a día para elevarla a una visión histórica y de conjunto que nos permita profundizar en las raíces de un diagnóstico global de la realidad.
Y es ese diagnóstico el que hoy querría compartir con ustedes: un diagnóstico de la realidad de nuestra sociedad en su conjunto, de la realidad de Europa y, de manera más concreta, de la realidad de España. Para ello, querría partir de una reflexión de carácter general. Hemos vivido una década, el período 2000/2010, que tuvo un terrible comienzo.
En el año 2001, el mundo occidental sufría el ataque terrorista más terrible de la Historia, el atentado de las Torres Gemelas. Un suceso que ha tenido una influencia determinante, que ha marcado nuestras vidas a lo largo de estos últimos años.
Y esa década está teniendo también un terrible final: la profunda crisis económica y financiera en la que estamos sumidos. Y ante estas realidades debemos plantearnos y reflexionar en torno a una serie de cuestiones: ¿Es sólo una coincidencia que a lo largo de esta década al mayor ataque terrorista de la Historia le haya seguido la peor crisis económica en décadas? ¿La crisis que estamos viviendo es solamente una crisis económica y financiera? ¿Por qué los terroristas se han atrevido a atacarnos donde nunca antes lo habían hecho, en el corazón mismo de nuestros países, por así decirlo, en nuestro propio hogar?
¿Son estos ataques terroristas la principal causa de la crisis o son consecuencia de una crisis que ya padecíamos? ¿El terrorismo es causa o consecuencia de la crisis? Ésa sería, a mi juicio, la primera reflexión que habría que hacerse.
Hoy celebramos los cristianos la muerte, en la Cruz, de nuestro Salvador. Ese hecho histórico, ocurrido hace poco más de 20 siglos, nos abrió a todos los hombres las puertas del Cielo.
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